Es lógico suponer que, al levantar la vista hacia el cielo estrellado, los primeros humanos se hayan preguntado acerca de esos extraños puntos de luz que salpican el cielo nocturno. Lo único que el hombre conocía en la Tierra que brillara con luz propia era el fuego, por lo tanto era natural que creyera que las estrellas eran exactamente eso: fuego. Algunos creyeron que eran fogatas encendidas por los dioses. Otros, en cambio, pensaron que la noche era la enorme piel negra de algún animal desconocido que cubría el cielo, y que las estrellas eran la luz del día que se veía por pequeños agujeritos hechos en su piel.
Desde los tiempos más remotos, en casi todas las culturas aparecieron explicaciones más o menos verosímiles sobre el origen, composición y movimiento de los objetos que vemos en el cielo. Anaxágoras, astrónomo jonio que vivió en el año 450 a.C., creyó que el sol y las estrellas eran piedras candentes, mientras que Aristarco de Samos, en el año 200 a.C., sospechó que las estrellas eran soles muy lejanos. Sin embargo, debieron pasar miles de años de observaciones y especulaciones para que el misterio de los cielos comenzara a develarse. A mediados del siglo XIX se descubrió que podía comprenderse la estructura de las estrellas analizando la luz que proviene de ellas. De esta manera se puede determinar, por ejemplo, su composición química. Hoy sabemos que no hay fuego en las estrellas sino que cada una de ellas es como un enorme reactor de fusión
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